domingo, 31 de diciembre de 2017

Zapa-tillas ama-rillas

Pequeños y algo torpes, les observas arrastrar tablas y apilar rocas creando un camino tortuoso a ras del agua. Dan pasos dubitativos, con los mofletes inflados, los dedos estirados y los ojos muy abiertos. De vez en cuando se giran, buscando tu aprobación, y tú no puedes sino sonreír y levantar el pulgar.
Cuando el camino está construido, van pasando por ti, uno a uno, para que les desates los cordones y se puedan meter a mojarse.
Ella llega la última y te mira mientras peleas con los nudos y te pasa una mano por las cejas y se ríe flojito. Le revuelves un poco el pelo y la empujas con suavidad hacia la primera tabla
Subida en su camino de madera y piedras y estrellas de mar, se adentra en el agua, manteniendo el equilibrio con los brazos en cruz hasta unirse a las sombritas que titilan y chapotean, tus niños de luz.

Tú te quedas en la orilla, pensando en lo mayor que está haciendo y quitando la arena de sus zapatillas amarillas.

jueves, 30 de noviembre de 2017

"¿Y el pan integral?"

—¿Y el pan integral? —me preguntas, cruzado de brazos.
   Me paro en seco en el umbral de la puerta de la cocina. Contengo el aliento. Las bolsas de cartón con asas de pita tiran de mí hacia abajo. Repaso mentalmente todo lo que he comprado: pan de seis cereales, pan multicereales, pan blanco con corteza, pan blanco sin corteza, pan de leche de soja... Un cepillo de dientes, tres botecitos de tomate, pilas, bombillas de bajo consumo, una liendrera, ocho pares de cordones de colores para tus botas, papel reciclado, dos cinturones. Una grapadora. Pero no, nada de pan integral.
   Miro dentro de las bolsas, sacudiéndolas un poco para que el contenido se revuelva y pueda mirar dentro. Hay una tableta de chocolate que está inclinada y se resiste a moverse. Sacudo con más energía y se mueve un poco. Empiezo a hacer aspavientos y por fin se queda recta, revelando el zumo de naranja. Pero no el pan integral.
   Las bolsas resbalan de mis dedos sudorosos y se caen, esparciendo la compra por el suelo. Me arrodillo y busco el pan integral, apartando las cosas frenéticamente, levantando con ansia las que más abultan por si pudiera estar debajo, lanzando al otro lado de la cocina el resto de panes.
   Levanto la mirada y sigues en el mismo sitio, impávido. Tus labios forman una línea recta. Tus ojos no dicen nada. Es culpa mía, mía, mía: me he dejado la lista de la compra y he pensado que podría acordarme de todo. Hemos hablado de esto montones de veces y tu mirada siempre es la misma. Sé que no soy suficiente para ti, que estás cansado de aguantar mis torpezas. Cojo las bolsas y, temblando, las agito boca abajo, tirando el resto de cosas. Ninguna es el pan integral. El suelo está frío. ¿Cómo se me ha podido olvidar el pan integral de tu desayuno? Sé perfectamente que no puedes comer otra cosa, que es tu pan favorito y que en los demás tipos de pan el tomate no se puede esparcir igual de bien, como a ti te gusta... Entonces, ¿por qué se me ha olvidado? He comprado de todos los demás tipos de pan y no del tuyo. ¿Por qué soy tan torpe? ¿Por qué no puedo simplemente hacer las cosas bien y así que todo esté bien? ¿Por qué siempre soy yo el problema?
   Empiezo a recular hacia la entrada, arrastrándome hacia atrás, sin dejar de mirarte. Tú das un paso hacia mí, sin extender los brazos, sin dejar de mirarme, inexpresivo. Sé qué viene ahora. Me doy la vuelta y empiezo a gatear lo más rápido que pue

martes, 31 de octubre de 2017

Hipoxia

Las diez menos cuarto. Estoy perdiendo el control, lo noto. Mi cuerpo se lava los dientes. Yo miro como en una película, sin hacer el más mínimo movimiento. Se mete en la cama y miro el reloj por última vez. Pierdo la consciencia y las siete y veinticinco: el reloj ha cambiado y ahora está en una pared a treinta metros de mí. Mi cuerpo expulsa todo el aire y se sumerge. Ocho, diez, doce brazadas.  Me ahogo. Trece brazadas. Los músculos pesan cada vez más. Se me nubla la vista y las tres menos diez. Ahora el reloj es un panel en la boca del metro. Mi cuerpo pasa como una exhalación. Oigo al entrenador gritando a lo lejos que respiremos cada veinte brazadas. La siguiente sin respirar y las ocho y cuarto. Tengo un papel delante y todo el mundo está en silencio, mirándome. Mi cuerpo se frota la cara y vuelvo a  ir en bici contigo. Más silencio. Dices algo, pero no puedo oírte. Me vibran los oídos. El tráfico ensordecedor. El dolor de cabeza en aumento y las dos y treinta y siete. Mis manos sueltan el libro, que cae sobre mi cara y una de las esquinas se me clava en el ojo. No grito, no puedo gritar. No puedo moverme. Dos y treinta y nueve y mi cuerpo desnudo frente al espejo. La piel pálida, la boca formando una línea recta, la ceja del ojo sangrante enarcada. El ojo escarlata y la sangre resbalando por la cara, por el pecho, por el vientre, por la cadera. Parte de la sangre se queda acumulada en la rodilla. Mi cuerpo se inclina con extrañeza y toma un poco con el dedo. Mientras la miro, sigue goteando de mi ojo y crea ahora un charquito en el suelo.
Me llevo los dedos a la boca. Dos menos cinco. Ya sólo veo por un ojo y tengo en la boca la otra mano. No siento la otra; noto el brazo cada vez más ligero.
Tres y diecinueve. Ya sólo hay sangre. Vuelvo a respirar.

sábado, 30 de septiembre de 2017

2162 U

La vuelta al cole en las diferentes comunidades. 
La readaptación de los estudiantes a las clases.
Los desfiles de moda. 
El decimoctavo aniversario de la creación de la sociedad de niños nacidos en partos múltiples.

Un pequeño rectángulo informa a pie de pantalla que al otro lado del mundo, doscientas mil personas han perdido sus casas. 

La reunión para sentar bases comerciales entre países.
Bajas por lesiones y penalizaciones en un equipo de fútbol.
Una nueva consola.
Los beneficios de la dieta de la longevidad.

Los labios del presentador. La tele sin volumen.