sábado, 30 de septiembre de 2017

2162 U

La vuelta al cole en las diferentes comunidades. 
La readaptación de los estudiantes a las clases.
Los desfiles de moda. 
El decimoctavo aniversario de la creación de la sociedad de niños nacidos en partos múltiples.

Un pequeño rectángulo informa a pie de pantalla que al otro lado del mundo, doscientas mil personas han perdido sus casas. 

La reunión para sentar bases comerciales entre países.
Bajas por lesiones y penalizaciones en un equipo de fútbol.
Una nueva consola.
Los beneficios de la dieta de la longevidad.

Los labios del presentador. La tele sin volumen.

sábado, 26 de agosto de 2017

Plátanos blanduzcos (o "Conclusión: la poesía es lo que te dé la gana")

He vuelto a hacerlo. A medicarme, quiero decir.
Es cada año peor. A los dolores localizados, intermitentes pero muy intensos, se suma ahora que mis ideas y pensamientos están enfermos.  Las ideas guardan cama y no se les ve el pelo, pero los pensamientos vienen a verme aquejados de dolencias extrañas: "siento que me derrito y despachurro", "no sé a dónde tengo que ir, ¿qué vas a hacer conmigo?", "no sé dónde empiezo y dónde acabo, me pierdo en mí mismo y te hago perderte: ¡hago tan mal mi trabajo!"... Algunos se acusan entre ellos de ser la causa de los problemas del conjunto, pero en el fondo todos saben que no es así, que es externo.
Sin embargo, ocurre algo curioso. En el momento en que los examino buscando qué es lo que falla en ellos para que se sientan así, cuando intento entender de dónde sale ese sufrimiento, esa desorientación, esa alienación... No encuentro nada. Es más, cuando los observo individualmente, el primero es sólido y consistente, el segundo sabe perfectamente en qué lugar encaja y el tercero está bien acotado, sin que haya lugar a dudas, y así.

Y aun así... Lo sé. Sé que algo marcha mal. No hay más que mirar por la ventana: las luces de las habitaciones ideales apagadas y los pensamientos dando tumbos por la calle, como si en el momento en que uno deja de observarlos perdieran totalmente el control de sus acciones y sólo pudieran tambalearse intentando avanzar. Como fluidos que se comportan de una forma u otra según se les aplique más o menos presión.

La situación se ha prolongado durante meses y ya se hacía difícil salir sin tropezarse con trozos de ideas. Al final salieron a la calle, en un intento por mejorar su estado, pero los esfuerzos y la exposición al sol les salieron caros: basta con tirar de la manga derecha de una idea para que su cabeza se suelte y ruede por el suelo, pegándose a otras y dejándolo todo perdido de incoherencias: "el tanque si tú hubiecésimos", "hay un ojalita de periódicos que ya quisiera la quesera quesera quesera quesera quesera quesera que será, qué será que sé, Ra, bujía". Bujía es una palabra divertida, pero no tanto como para no sentir que debía sobujionar esta sibuajión.

Así que me dirijo a casa como puedo y como estaba centrado en el asunto, no me perderé ni una sola vez. Cojo un cucurucho de papel de Biblia y me acerco al restaurante nepalí mientras me pregunto si tiene algún sentido esto que hago y digo (si lo hago, tiene sentido que lo diga; si lo digo, no parece demasiado raro que lo haga, pero ¿no es muy forzado y, en dos palabras, excesivamente onírico todo esto que estoy haciendo y contando?). Una vez allí, espero mi turno y, haciendo que se vea el tamaño del cucurucho que llevo, pido educadamente arena de playa, que es lo mejor en estos casos. Por eso es ilegal llevársela de las playas, porque si no lo fuera, cualquiera iría con su cucurucho al primer dolor de cabeza que se presentase. Pero lo mío es más serio.

El dependiente se me queda mirando fijamente mientras se hace el silencio en la sala (no es muy difícil porque no hay nadie más que nosotros doscientos treinta y seis). Sin dejar de mirarme, se dirige a mí con voz pausada: "Disculpe, pero ¿no ve que se está cargando el hilo argumental con tantos saltos? ¿No le parece del todo inapropiado y hasta un poco insolente? [CAMBIO A TUTEO] Mira, sé por qué ha venido: te has enredado en esta patraña porque has perdido toda capacidad de componer  y estás buscando no sabes muy bien qué, no sabes muy bien dónde, para no sabes muy bien qué". Según va diciendo cada una de estas cosas, aparece en sus manos, como por arte de magia, una arena blanca y finísima con la que juega; mira con cierto desprecio la página de la Biblia arrancada, arrugada entre mis manos sudorosas, y lanza la arena al aire con mirada severa. "Habrás traído un poema, por lo menos". Saco del bolsillo trasero mi lista de la compra y se la entrego con aire solemne. Los artículos listados son diferentes cantidades de arena. El dependiente asiente con gravedad. Supongo que, en el fondo, ni él ni nadie sabe lo que es la poesía. Yo tampoco, claro. Pero palabras hay que darle siempre, porque si en algo están de acuerdo casi todos los dependientes de restaurantes nepalíes que venden arena por poesía es que sin palabras no se puede hacer poesía. Yo no estoy muy de acuerdo, pero no es que esté en posición de negociar, así que acato su criterio.

Al llegar a casa, apago todas las luces para poder ver los cigarros del señor del primer piso, que fuma de vez en cuando y hace que el patio de luces apeste. Hoy ha habido suerte. Los tiene preparados y los ha encendido ya: están en unos soportes como de micrófono, en semicírculo para poder fumárselos más rápido. Según va intentando fumar cada uno, yo voy echando la arena, esa arena blanquísima, pura y perfecta, casi mágica, encima de él, de su pelo rancio y su boca horrenda y sobre todo, sobre todo, de los extremos encendidos de los cigarros. Le entra arena en los ojos y se pone a llorar del dolor y la frustración, mientras clama al cielo: "¡Casi dos meses reservándome para este día y llegas tú y haces esto! ¡Lo que hay que aguantarle al crío este!"

sábado, 8 de julio de 2017

Sobre los espejos y su variedad

   Algunos espejos pesan más de lo que deberían, eso lo sabe todo el mundo. Es una de esas verdades incómodas que se acallan por comodidad, una de esas preguntas que no se deben hacer, que son ignoradas si se plantean.

   Esos espejos son ventanas, ventanas al otro mundo. Ya está dicho. No es un mundo muy distinto en cuanto a la forma, aunque sí en cuanto a la configuración: las cosas allí son las sombras de este mundo (entiéndase sombras en el sentido amplio de la palabra, aunque sería más apropiado hablar de los reflejos como realidades desvaídas, RD en adelante). Se oculta este hecho porque nadie sabe muy bien cómo funciona (aunque se piensa que este puente, este mundo alternativo, podría estar relacionado con la mecánica cuántica) y a las élites dominantes les aterra que eso se pueda usar contra ellas.

   Pero fundamentemos un poco lo que decimos. La composición de los espejos modernos es muy simple, a saber: una fina lámina de plata o aluminio, protegida por delante por una capa de vidrio de entre 3 y 5 milímetros y por detrás por cualquier material fijador (como un portísculo), que evite que la lámina resbale o se rasgue. No hay nada más y eso es en parte lo que preocupa: no se sabe en qué momento exactamente aparece esa conexión o qué factores la favorecen. De hecho, se han registrado casos en los que superficies menos "puras" han establecido un pasaje, pero en esos casos, las RD son muy frágiles. Es el espejo el que presenta, con diferencia, las mejores propiedades para conectar los dos mundos.

   A lo largo de la historia ha habido indudablemente espejos de este tipo, por mucho que se haya intentado ocultar. La primera referencia clara a uno de ellos es, por desgracia, bastante tardía: alrededor del año 780 en Tikal, Guatemala, y también se rumorea que había uno en la corte de Luis XIV, aunque nada consta a este respecto más que algunas cartas de nobles franceses.

   En la actualidad, el tema se lleva con mucho secretismo e incluso miedo, claro. Los fabricantes de espejos y toda la plantilla tienen acuerdos de confidencialidad y las instalaciones suelen encontrarse no muy alejadas de zonas con actividad militar y rodeadas de una fuerte vigilancia.

   Otro aspecto muy curioso y más al hilo de lo que venimos aquí a contar, las RD pesan. Obviamente, no pesan igual que los objetos originales, pero no están exentas de cierta masa (Masa Desvaída), aunque tampoco se ha podido estudiar en detalle. Así, al cambiar lo que se refleja en un espejo, cambia el peso del propio espejo (o mejor dicho, se añaden a la masa del vidrio y el aluminio las MD de las RD "sostenidas" en cada momento). Y esta es, ni más ni menos, la razón por la que 1), los cristales de coche se refuerzan tanto y se hacen casi irrompibles (sólo se resquebrajan, sin llegar a partirse, cuando la presión es demasiado alta) y 2), no se fabrican cristales de coche perfectamente reflectantes, ya que la suma de las MD sería excesiva, por mucho refuerzo que se utilizara (esto también está relacionado con la casi total ausencia de ventanas en vehículos militares y aviones: la componente aleatoria de lo que se pueda reflejar es peligrosa para operaciones y cálculos delicados).

   Otro aspecto curioso y en relación a lo anterior es el transporte de espejos: se llevan siempre tapados y, de ser llevados varios juntos, van a pares y enfrentando las caras reflectantes. Esto podría parecer preocupante, porque si se reflejan el uno en el otro, se multiplican las RD y tienden a infinito y eso, se temía cuando se empezó a estudiar este campo, generaría teóricamente una singularidad (masa infinita en un volumen finito y muy concentrado). Por suerte, los científicos que realizaron estos cálculos sabían algo menos que nosotros sobre cómo funcionan las MD, y hoy sabemos que lo que ocurre en realidad es que son cada vez menos pesadas, hasta llegar a una masa despreciable (cosa que suele ocurrir en la octava reflexión, dependiendo de la calidad del espejo y, quizá no tan curiosamente, la humedad). Aun así, para evitar que entre la luz, se suelen cubrir los bordes del espejo con materiales opacos.

   A modo de comentario final recordaremos que hay tres tipos de espejos regulares (los irregulares son más difíciles de estudiar): cóncavos, planos y convexos. Hoy nos hemos ceñido a los planos por ser los más usuales, pero merece la pena indicar que, para una misma área reflectante, los cóncavos pesan menos y los convexos más, ya que aparecen en ellos más RD.


   Así pues, recuerda tener mucho cuidado manipulando espejos y, si descubres que tienes uno que parece cumplir la descripción, no dudes en escribirnos. En este blog apoyamos la cultura libre y la no censura. ¡Ea!

viernes, 30 de junio de 2017

De carreras y piruetas

“El abuelo dice que venimos a una fiesta. ¡Qué calor!”

Sed. Un sol asfixiante te recibe, pero no es el único foco de luz. Se alza frente a ti un traje de brillantes y vivos colores. 
“¡Qué bonito! Parece un emperador”

El traje empieza a moverse, extendiendo por delante algo como una vela, que se detiene frente a ti. ¡Vamos allá! Te lanzas, embistiendo a toda velocidad, pero sólo topas con aire. Notas algunos pinchazos, pero no son nada. Es un juego, ahora te tocará pinchar a ti. 
“¡Es como si estuvieran bailando! ¿Qué le pone en la espalda?”

El traje se mueve cada vez más rápido, convirtiéndose en un reluciente borrón. Ahora hay más trajes. Sigues persiguiendo la vela, la vela roja. Te vas agotando y cada vez te duelen más los pinchazos.

De pronto, sale del traje un rayo que te deslumbra. Un golpe, más fuerte, en la cabeza.

Vuelves a ver y delante de ti sólo hay rojo. Corres, corres con todas tus fuerzas, pero no lo alcanzas. 

Y entonces se acaba. 

El rayo te rasga la piel. 
Atraviesa tus músculos
y se detiene dentro, 
muy dentro de ti. 

Frío. 

Tu sangre mancha la arena. 
Mancha al público. 
Mancha sus manos. 

La niña que se mira las manos. 
Las manos manchadas de sangre. 
Los labios apretados que murmuran:
“Nunca más”. 

El traje de luces,
un faro de muerte.